El bibliotecario y el cura

En las bibliotecas públicas de nuestra Republica, un amplio concenso, apoyado en el zócalo de la ley de 1905 de separación de las Iglesias y del Estado, hace adoptar una actitud de neutralidad, de tolerancia y de pluralismo en la adquisición de documentos de temas religiosos. En el ámbito de la conservación del patrimonio escrito, los límites de nuestra historia occidental judeocristiana nos dispensan de esta exigencia. Los fondos antiguos conservados en las bibliotecas que albergan las confiscaciones revolucionarias están compuestas masivamente de libros religiosos o marcados por el pensamiento religioso, en gran mayoría católico romano. La comunicación de estos fondos, unida a la heterogeneidad creciente de los públicos, expone a las demandas que salen cada vez más a menudo del marco de la investigación erudita y universitaria y cuya finalidad puede ser expresamente militante. El respeto del pluralismo de las opiniones impone que se responda a ello, siempre y cuando el bibliotecario vele a no ser tomado y a no dejar comprometer el servicio público laico que es la biblioteca como parte interesada en las oposiciones y querellas ideológicas y religiosas. Esta actitud puede no ser de simple abstención, ésta es un acto de tolerancia.